viernes 29 de agosto de 2008

Los ojos más tristes

Ella tenía los ojos más tristes que él había visto nunca.
El tenía los brazos tan fuertes como ella jamás los había soñado.
Se acariciaban con palabras precisas de emoción.
Soñaban pesadillas de las que se despertaban juntos.
Buscaban la forma de amarse más allá del mar, más allá de la vida y de la muerte misma.
Ambos dudaban de la existencia del otro, pero se amaban con exacta devoción.
Ella lo esperaba recostada en una enhiesta roca, tomando el sol del ocaso.
El desafiaba olas, abismos y fantasmas, solo para mirar por una vez más esos tristes ojos.
Esa noche ella le cantó por ultima vez, una de aquellas melodías en las que los bucaneros como él, valientes de tanto amor, siempre encuentran el camino de regreso. Y aunque él prometió volver, tenía los ojos más tristes que de costumbre.

- Mal presagio - pensó ella.

Y la certeza de que él no volvería se le incrusto en la garganta.
Los días transcurrían opacos, cansinos, secos en el mar de lágrimas de los ojos más tristes de la Sirena más morena que habitó estas aguas alguna vez.
Los meses pronto se hicieron años, y lentamente fue perdiendo el brillo de sus escamas, el tono moreno de su piel y su voz se transformo en el eco de un sollozo profundo.
Las orcas, los delfines y los pulpos temían que muriera de amor, la bruja roja de la caverna sabía que se estaba muriendo. En un intento desesperado por salvarla, invocó a Poseidón, consiguiendo que el barco de aquel Pirata se desviara, camino al encuentro de la Sirena que se estaba esfumando sobre la roca en la que lo había esperado durante cada viaje.
Él reconoció esas aguas aún sin mirar la brújula ni el movimiento de las corrientes. El olor de esas algas, el sabor de la salitre en sus labios, el recuerdo de la Sirena de los ojos más tristes que jamás había visto, aún seguían oprimiendo su pecho y su garganta como la mañana misma en que la descubrió escondida en sus melodías.
Moribunda sobre la roca la reconoció a los lejos sin necesidad de usar el catalejo, el contorno exacto de su figura aún estaba clavado en sus pupilas, a pesar de los años de distancia.
Cuando el navío rozó el pedregullo, pudo ver su transparente palidez.
Tiró el ancla. Bajó de un salto a pesar del letargo casi senil de sus movimientos.
No le dijo una sola palabra.
Ella sonrió, ni siquiera pudo levantar su mano para acariciar su rostro, y sumergiéndose en un profundo y esperado sueño final, murió.
Es cierto, era un amor imposible.
Pero era un amor tan puro, tan cierto, tan deseado por ambos, que él solo pudo huir, y ella solo pudo esperarlo para morir en sus brazos

2 comentarios:

Cecilia dijo...

uff , fuerte y bueno, muy bueno

Anónimo dijo...

precioso, emocionante... y lamentablemente muy real