sábado 7 de marzo de 2009

La muñeca

Vestida de novia, sentada en su escaparate, soñaba con palacios o mansiones donde ella sería la reina.
Su boquita carmesí, convertía su tierna sonrisa en un rictus de resignación cada noche que la juguetería cerraba y ella seguía impávida en su envoltorio de fantasía.
Y a pesar del trato preferencial que recibía, sus ojos cristalinos de muñeca fina, evidenciaban el plástico importado y ordinario del que estaba hecha.
Pero ella era el adorno perfecto.
Soñaba dormir sus sueños de princesa entre cojines de plumas de ganso en la cama de alguna niña rica con grandes rizos rubios y pomposos vestidos blancos como los de ella.
Todos la admiraban y la halagaban, pero nadie la compraba.
Quizás era demasiado costosa. Pero ella lo valía.
¿Quién mejor que ella para adornar las vitrinas de alguna joven mujer elegante, casada con algún magnate poderoso, rodeada de niñas con grandes rizos rubios y pomposos vestidos blancos, que jamás podrían tocarla?
Exquisita, sofisticada, costosa, tan bella que nadie osaría jugar con ella por temor a ajar sus delicadas puntillas de fibra sintética.
Pero de plástico al fin.
De un plástico demasiado vulnerable al polvillo de la juguetería. De un plástico que no soportaría el contacto con detergentes ordinarios que desteñirían el rubor de sus mejillas rosadas.
¿Cómo podían ser tan obtusos y preferir un libro de historias fantásticas a observar su magnificencia de muñeca fina?
Sin duda aún no existía la niña que pudiera darse cuenta de su valor.
¿Pero cuanto tiempo más podría soportar las inclemencias del paso del tiempo, sin convertirse en la decadencia misma de la belleza perecedera?
Otro día más perdido.
Un empleado de la juguetería apagaba las luces y activaba la alarma.
Todos a dormir su propia pesadilla.
Días, meses y quizás hasta años transcurrieron así, uno tras otro, siendo observada detalladamente, para luego ser descartada por considerarla un gasto inútil.
Con el advenimiento de la tecnologia, las cosas fueron empeorando. La sacaron de la vidriera y debieron bajarle el precio porque el rubor simulado se había desteñido, y el vestido ya no era de un blanco impoluto.
La siguieron descartando, pero esta vez por vieja, por pasada de moda, porque al fin y al cabo no era de un material noble.
¿Qué podría ser peor que la decadencia de la vejez, de ser rechazada por antigua, de ser despreciada por obsoleta?
Su suplicio, día tras día, era peor. Aún así albergaba la esperanza de ser descubierta quizás por alguna noble señora que encontrara en ella algún vestigio de los juegos y sueños que tuvo de niña, que se conmoviera al verla tan descuidada y se la llevara para cumplir finalmente con la misión para la que había sido fabricada, adornar vitrinas lujosas de caserones ricos.
Y un día llegó el fin.
Un empleado la sacó torpemente del escaparate y la tiró en una humeda caja de cartón que descansaba en el depósito, junto a otros juguetes rotos o fuera de moda, que debieron sacar del local porque jamás serían vendidos.
Tanta belleza desperdiciada, tantas expectativas en algo que no llegó nunca, para terminar condenada al olvido y la oscuridad del deposito donde veía pasar cada segundo de su vida de muñeca fina, con el solo anhelo de que la fundieran y utilizaran su plástico para fabricar otro juguete de moda.