No dormía jamás. Consagraba sus noches al cuidado de cada ser que habitaba el bosque sagrado. Era la guardiana de los sueños. La mejor vigía.
Para ella el amor era solo una idea de algo mucho más elevado que ella misma, ni un anhelo siquiera, no podía darse ese lujo. El bosque la necesitaba entera, entregada en cuerpo y alma a la vigilia eterna por conservar el descanso de los demás.
Pero a veces la responsabilidad era mucha y necesitaba distracción.
Quizás por eso el cuerpo y la piel del gran mago se habían convertido en el refugio por excelencia, en una exclusiva vía de escape.
El mago pasaba largas noches describiendo con exactitud el verde violeta y rojo de cada lugar que visitaba, cada nuevo aroma, cada textura extraña, cada sonido conmovedor. Y aunque deseaba dormir placidamente, escuchar las palabras del mago era para ella la mejor manera de no conciliar el sueño, era como viajar a esos lugares remotos e inhóspitos que jamás conocería, porque su misión era permanecer eternamente en las fronteras del bosque sagrado al que pertenecía, velando los sueños de los demás.
Incontables años dedicó a satisfacer el ansía de egocentrismo del gran mago, creyéndose privilegiada al ser la compañía elegida, al regreso de cada uno de sus viajes.
La ninfa estaba convencida que eso solo ya la hacía especial.
Aunque el amor era solo una idea, desgarradora, dolorosa y solitaria. Algo que no sentía o que quizás fuera eso que la unía al gran mago. Demasiada incertidumbre para un alma cuya misión era algo mucho más elevada que ella misma.
Distraía en sus pensamientos sobre el significado y la existencia del amor, la ninfa no se percató de que algo desconocido comenzaba a perturbar el descanso del bosque sagrado. Una maldad extraña, más oscura que la misma maldad comenzó a brotar primero de los manantiales, luego infectó los árboles y se diluyó en cada partícula de aire que se respiraba.
El gran mago, temeroso de las consecuencias de los hechizos que había conjurado para alejar las sombras de la ninfa que no le permitían subyugarla a su poder, decidió radicarse definitivamente en sus brazos para poder cuidar de ella y del bosque al que pertenecían, convirtiéndose así en su héroe.
Sin embargo ella, llena de certezas sobre su desamor, había decidido dedicar todas sus horas en vigilia al cuidado de la paz del bosque.
El mago, ignorado completamente por la ninfa, no pudo hacer demasiado y cayendo en desesperación se decidió a llamar al más noble caballero que existió en comarca alguna por esos tiempos.
Apenas vió sus ojos tras la armadura lo supo. Se le incrustó en el alma como una espina de calma infinita. Todo lo que conocía, todo aquello en lo que creía hasta ahora había perdido su razón de ser.
Y él, guerrero de batallas imposibles, lleno de heridas victoriosas que no cicatrizan jamás y fantasmas conocidos que no descansan, con tan solo mirarla reír se le llenaba el alma de paz.
No podían apartar sus ojos uno del otro.
Los días que siguieron no fueron fáciles, la oscuridad se instaló en el bosque sagrado y los cercó, el mago en su cobardía huyo para siempre, dejándolos solos en la lucha. Sin embargo el amor entre ellos se hacía más fuerte. Juntos eran más poderosos que cualquier ejército mágico. Con tanto amor no había distancia, ni abismos, ni oscuridad, ni maldad que los separara, que los venciera.
Y por las noches la ninfa dormía un manso sueño en los fuertes brazos del caballero. Porque su lugar en el mundo se encontraba en donde estuviera él. Porque ahora sabía que el amor no era una refugio ni una vía de escape. Era esa realidad en la que compartía las batallas cotidianas con el más noble caballero que existió en comarca alguna por esos tiempos.
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